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sábado, 23 de octubre de 2010

gemas de otro tiempo - the butcher boy

Escuché por primera vez está canción en No Direction Home, el fantástico documental que Scorsese filmó sobre la transición vital del Dylan folkie hacia los inexplorados territorios del folk-rock y sus míticos conciertos de 1966 en Inglaterra, cuándo la conservadora parroquia folk inglesa (tweed, cardigan, bufanda, pipa) aún se permitía la licencia de abuchear ("¡Judas!") al payaso drogado hasta la cejas que, a pesar de todo, estaba empezando a llevar a la música popular americana a lugares que a nadie le había sido permitido imaginar hasta entonces. 

Como bien cuentan tanto el documental como el propio Zimmerman en Chronicles, su primer volumen de memorias, Dylan no era más que uno de tantos aprendices de trovador que pululaban por el SoHo neoyorquino a principios de los años 60, tocando canciones tradicionales acompañándose de guitarras baratas en cafés bohemios abarrotados de universitarios. Puede que el trovador de Duluth no fuera el mejor cantante ni el guitarrista más virtuoso del Greenwich Village de la época, pero fue sin duda el que mejor supo revisitar los áridos parajes de la música tradicional para buscar una chispa nueva, una actitud innovadora que le llevaría a ser el músico popular americano más influyente en la historia del pop, del folk e incluso del rock de las siguientes cuatro o cinco décadas. Observando al prodigioso icono cultural que es hoy el amigo Robert, cuesta imaginarse al chaval con cara de pícaro y vestido con mono de obrero (a imitación de su adorado Woody Guthrie) que se pateaba los clubs del cerrado circuito folk a cambio de unos centavos y un plato de sopa. Pero eso era Dylan, un juglar, un cantante de melodías escritas por otros o simplemente de canciones tradicionales que se perdían en el horizonte lejano de las praderas americanas. 

The Butcher Boy es una de ellas. Una conmovedora historia de amor, seducción, engaño y muerte que los millones de emigrantes irlandeses se llevaron consigo desde las desabridas costas de su verde isla natal, igual que otros antes que ellos la habían aprendido en la vecina y rica nación inglesa. Aquí, los Clancy Brothers la interpretan con la voz solista de Tommy Makem y la ayuda a la guitarra de Pete Seeger, el erudito folk americano en cuyo programa de TV Rainbow Quest quedó grabada esta actuación. Lo de menos son las pintas de marinero borracho de permiso que se gastaba el grupo (atención a los pantalones pirata y los jerseys de cuello vuelto con ochitos). La profunda y triste voz, la parca instrumentación, la increíble melodía nos transportan a una música que ya pertenece a otro mundo, un pasado musical común que haríamos bien en no olvidar. 




In London city where I did dwell, a butcher boy I loved right well
He courted me my life away, but now with me he will not stay
I wish, I wish, I wish in vain, I wish I was a maid again

A maid again I ne'er will be 'til cherries grow on an ivy tree
I wish my baby it was born and smiling on it's daddy's knee
And me, poor girl, to be dead and gone, with the long green grass growing over me
She went upstairs to go to bed, and calling to her mother, said:
"Give me a chair till I sit down and a pen and ink till I write down"
At every word she dropped a tear, at every line cried: "Willie dear
Oh, what a foolish girl was I, to be led astray by a butcher boy"
He went upstairs and the door he broke, he found her hanging from a rope
He took his knife and he cut her down, and in her pocket these words he found:
"Oh, make my grave large, wide and deep, put a marble stone at my head and feet
And in the middle, a turtledove, that the world may know that I died for love

miércoles, 18 de agosto de 2010

ipods y demás - música digital, saturación y vinilos

Aparte de la de los Beatles, tengo en mi ipod toda la discografía de los Byrds, Who y Kinks (y estoy en ello con las de los Stones y Dylan, mucho más monstruosas), pero no he escuchado ni la mitad de los discos. No tengo tiempo. A todo lo que llego es a poner el aparato en modo "canciones aleatorias" para que me acompañe si no estoy realizando un trabajo que requiera toda mi atención (o conecto el Spotify, que ahora mismo suena de fondo mientras escribo este post). Pero escuchar lo que se dice escuchar un disco de cabo a rabo, sentarme a disfrutarlo sin más; eso hace tiempo que no lo hago. Y lo lamento. 

Antes, digamos hace quince años, un disco era un bien de consumo que requería todo un ritual de tiempo y atención. Desde conseguir el dinero necesario para comprarlo, pasando por el camino de ida a la tienda y vuelta a casa, hasta el excitante momento de colocar el aparato en el reproductor y acomodarte en la cama a disfrutar de la música mientras le echabas un vistazo al libreto. Un proceso lento si se quiere, pero que hacía que la experiencia resultara mucho más gratificante. Y qué decir de hace quizá treinta o cuarenta años, la magia de los vinilos y los singles de 45, los grandes formatos analógicos, los tocadiscos que saltaban y las agujas que se estropeaban y los discos que había que cuidar porque eran pequeños tesoros que iban más allá de la música en si. Artefactos culturales, en suma, cuyo valor no radicaba sólo en su mayor o menor mérito artístico. 

Un mundo cuyos últimos coletazos alcancé a vislumbrar y que ahora echo de menos. Sí, me inicié en la música con el imperfecto pero mágico sonido de los LPs y asistí al ascenso y declive del CD, un producto sin alma. Y ahora, como ya he dicho, tengo un ipod y una conexión a internet que me permite disfrutar de canciones que hubiera tardado toda la vida en encontrar cuando tenía veinte años, suponiendo que hubiera tenido el tiempo y el dinero necesarios para localizarlas y adquirirlas. Hoy, por el contrario, tengo virtualmente toda (sí, toda) la música que quiera al alcance de mis manos, o de mi ratón. Sin ir más lejos, en el tiempo que llevo escribiendo este post me ha dado tiempo a encontrar unas raras grabaciones conjuntas de Dylan y Harrison circa 1970, y ahora mismo las estoy disfrutando. Sin moverme del asiento ni emplear tiempo en ello. Sin despeinarme. Y ni que decir tiene que me está encantando, pero el entusiasmo no es comparable a lo que hubiera sentido encontrándolo en un estante perdido de algún mercadillo, por poner un ejemplo. 

Ahora que editar los discos en formato vinilo vuelve a ser cool, veremos como reacciona la industria digital ante el reingreso de nuestros viejos y negros amigos redondos. Yo, por lo pronto, ya me he agenciado un tocadiscos. Ahora sólo tengo que convencer a mi padre para que me devuelva los discos que le cedí hace años. 
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